falling
Falling in love
Hoy me he cruzado primero una ardilla y después un corzo. Y un saltamontes vrede fluorescente como de dibujos animados ha pasado la noche en mi coche. Se lo contaba al señor del pantalón de tergal y todo serio me decía: pero es que no sé cómo son los saltamontes verdes de dibujos animados. Ternura 2.123. En casa de abuela la rutina es preciosa. Me levantó y me sirvo el desayuno fuera. Primero mis dos kivis con yogur de soja. Después el café que, si mamá se ha levantado antes ya está hecho. Y las tostadas, que es lo que más me curro. De pan de ayer, siempre. Que supera con creces a las rebanadas de la bella easo. Lo más rico en pan de sándwich que hay en el mercado.
Y así desayuno al sol. En las tostadas me ralentizo y cuando estoy en la mitad de la segunda aparece pilucha en su jardín para empezar a regar. Nos damos los buenos días y hablamos de nada. Pero una conversación encantadora.
Remoloneo un rato alrededor de papá que ya está enfrascado en sus nuevos inventos. Yo creo que por las noches antes de quedarse dormido hace un repaso de todas las cosas que puede hacer al día siguiente. Y antes de acabarse el café ya está enfrascado en tunear una ducha nueva para el limonero o en una mano de pintura blanca para el pozo.
Y hablando de pintura hoy ha vuelto Pascual. A pintar la habitación de papá y mamá. Blanco o verde, dijo papá. Es lo que hay. No estaba dispuesto a gastarse ni un duro en pintura teniendo botes en casa. Elegimos el verde manzana pero muy mezclado con blanco. Así que quedó verde aldea. Me alegró porque es casi casi el verde ruso. Volvemos a los orígenes.
Llueve fuerte. Yo pensé que iba a haber tormenta. Pero me equivoqué. El señor del pantalón de tergal me hizo recitarle la oración a santa bárbara. La que rezaba abuela cuando éramos pequeños y teníamos miedo. Abuela, rézale a santa bárbara. Nos sentábamos en la mesa de la cocina,encendíamos velas y abuela empezaba: santa bárbara bendita que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita. Y ya no me acuerdo de más. Y el miedo se nos pasaba. Era un momento precioso. La casa a oscuras, nosotros escuchando a abuela, sentada con nosotros a la mesa. Y Antonia detrás, como por encima del bien y del mal. Pero teniendo un poco de miedo al mal. Cuando fuimos un poco mayores las tardes de tormenta y de lluvia eran partidas del monopoly. Cuando escampaba nos echaban fuera. Antonia no quería a tantos niños, por lo menos a los ajenos, en casa. Bastante tenía con los propios.
Después de remolonear subo a arreglar mi habitación. Poco arreglo. Cambio el desorden de sitio. Poco más. Y me encanta elegir la ropa del día. Que casi siempre es la misma que la de ayer. Ropa que no me pongo en otro sitio. Sólo aquí. Escribiéndole un correo a Lorena le conté que aquí me encantaba usar ropa vieja. Y su correo de vuelta lo tituló, ropa vieja?? Dijo que le encantaría verme vestida así, que seguro que no era tan vieja.
Cuando subo del desayuno siempre hay un mensaje del señor del pantalón de tergal esperándome. Es un hola. Un buenos días o un que tal estás o que tal has dormido. Y yo, a su pregunta escueta y concreta le respondo 8 millones de cosas. De vaguedades. De nadas.
Y así entablamos un diálogo surrealista durante toda la mañana. Que acaba anunciándome qué va a comer y donde. O hablamos del tiempo que también nos encanta. Va a caer una tormenta, le cuento yo. Aquí niebla cerrada, me cuenta él. Y me encantan estos diálogos que no tienen ningún fin. Nada. Como nuestra relación. Cada uno sintiendo lo que siente. Sin ningún fin tampoco.
La casa de abuela está preciosa y vivida. Es una casa chalada, con polilla, con ratones en el desván. Con cajones repletos de ropa que nunca se va a poner nadie. Pero que tampoco nadie se atreve a tirar. Es una casa llena de indolencia. Como un gato. Perezosa. Aunque papá se empeñe en lo contrario.
Son unos días bonitos. Con tanto sol. Y tanta piscina con mi gorro turbo. Con el gusto del cloro en la piel. Con el camino de vuelta imaginando que me espera una rebanada de pan de abuela con nocilla blanca. Eso era antes. Cuando llegaba muerta de hambre. Y protestaba cuando me tocaba pan con ojos . una rebanada con muchos agujeros. Me enfadaba porque consideraba injusto que me tocase menos nocilla. Antonia se desesperaba con mis protestas del noquieropanconojos.
Estar en casa de abuela tantos días seguidos es como hacer una sesión de espiritismo continua. Todos vuelven. Como me decía mi amiga maría el otro día, contándome sus sueños con muertos: pero muertos agradables como son los muertos aquí en Galicia. Me pareció una verdad tan grande.
Y ahora me muero de sueño. Y tengo que apagar la luz. Y el otro día, otra cosa preciosa de el señor del pantalón de tergal: cuando apagues mándame un mensaje. Y yo me preguntó, para qué? Por si acaso me pierdo antes de llegar al sueño?
Bueno, aviso. Apago.