peliculera
me da miedo que se me olvidé escribir. la verdad no puedo estar sin hacerlo. da igual que sea la lista de la compra. o unos apuntes para que no se me olvide todo lo que dice mr. q. pero me doy cuenta de que no puedo estar ni un sólo día sin escribir una letra. da igual que sea con mi pilot rojo y en hojas arrancadas. o en el teclado. me da miedo no apuntar todo.
el señor del pantalón de tergal (otra vez) me dice que soy una peliculera. y después de decirlo se ríe mucho. y siguen pasando cosas que me encantan. entra a buscarme en un estanco de un pueblo perdido porque empieza a preocuparse cuando tardo en salir. y vuelve a reirse cuando ve que estoy de cháchara con el estanquero que me está explicando con parsimonia la diferencia entre un marlboro largo y uno corto.
he vuelto a un pueblo que no pisaba desde hacía más de diez años. comemos en un restaurante pijo de pueblo. antes, bajamos a una bodega. y casi lloro de emoción con unas anchoas en aceite templado. en una bodega con frio, donde me siento como en una nave espacial. no sabía que se pudiese ser tan feliz en una nave espacial. en la nave espacial hay una camarera que adoro a los dos segundos. de pelo corto y ojos que parecen otras dos naves espaciales. nos cuenta los platos y se ríe ella misma de algunas de las cosas de las que cuenta. y cuando mr. tergal le pide los cubiertos de pescado ella se ríe y le dice que qué cubiertos de pescado ni qué ocho cuartos. que eso se come con cuchara. y yo le hago caso. él no. y mientras va pasando la comida, hablando de mil cosas como siempre. interrupiéndonos cada dos segundos. y eso es lo que recordaba de estar enamorada. no respetar el tiempo para hablar de tanto como se quiere decir.
después de comer pasamos al salón, donde se puede fumar y beber. y otra vez la camarera nos habla del manager de los rolling stone. y yo me río tanto con ella. y de las facturas que se llegan a pagar. y va pasando la tarde de un viernes de invierno. de enero, fría. y tan calentita allí dentro. con chimenea y sillones y se te llega a olvidar que no es una casa. el momento más cruel es cuando se acaba. como casi cenicienta. pero en lugar de doce, aquí los encantamientos suelen acabar a las ocho de la tarde. y aún hay tiempo para un micropaseo, con lluvia levísima, que casi ni moja y media hora de coche.
me encanta comer con el señor del pantalón de tergal, por la sobremesas. y aunque no coma con él, me encantan igual con él las sobremesas. está claro que me estoy enamorando. y que no sé si es trayecto de ida y vuelta. y que me importa muy poco. porque la verdad se me había olvidado todo esto. sonreir porque un sobrecito amarillo en el móvil pone buenos días. o qué tal estás? o un si quiero. me encantan esos mensajes, cero empalagosos. un poco abruptos. bruscos.
y mientras escribo, me llamá papá para decirme que ya está lleno el depósito de gasoil en casa de abuela. y que ahora va a hacer también su sobremesa con el amigo tino. que se ha convertido otra vez en su mejor amigo. y mientras oigo a papá y veo sobres amarillos en el móvil y pienso en todo lo demás, que es mucho, pienso que tengo mucha suerte. y que es una suerte saberlo. y que, qué bien. esa expresión que tanto le gusta a peorito.
yo sí que soy empalagosa. pero supongo que es la manera de compensar haber sido durante tanto tiempo una anoréxica emocional. no lo sé.