autobus trescientos y algo
no recuerdo el algo. pero es lo de menos. estábamos cansadas de andar. por eso decidimos hacer dedo y parar un autobus. que no es autobus, aunque d. se empeñe en que sí. es una furgoneta amarilla. preciosa. con siete asientos, no más. en lugar de viajeros somos como un grupo de amigos. de excursión por los adoquines destartalados de san petersburgo. se me encoge el corazón de la emoción. para d. soy una provinciana. no entiende qué hay de extraño en tocar el hombro del conductor para decirle al oido qué lugar quieres por destino. reconoce que sí le sorprende (un poco sólo un poco) que tenga que parar en cada quiosco para conseguir cambio. nuestros compañeros de furgobus son solidarios. los rublos van pasando de mano en mano hasta llegar al conductor. que maldice, en ruso, digo yo, el puto tráfico que hay esas horas. yo no quiero que se acabe el viaje. pero decidimos bajarnos en la primera plaza conocida que encontramos. golpecito en el hombro. y caminamos por vosstania. me tintinea todavía el corazón. ...resulta que lo que me hace feliz es subirme a una furgoneta amarilla. eso sí, rusa. debimos de haber seguido. debimos de no haberle dicho nevski. habernos callado. lo siento señor no hablamos ruso. llévenos a donde quiera. no tenemos destino.
d dijo
A falta de tempo marca as distancias.
Non se nos pode chamar aventureiras desta volta.
Eu tamén extraño a viaxe
2 Octubre 2007 | 07:35 PM